
En el albergue municipal había un perro al que llamaban Viejo, aunque nadie sabía cuántos años tenía. Lo habían encontrado esperando en la puerta de una casa vacía, sentado, mirando la entrada como si alguien fuera a salir en cualquier momento. Llevaba así, según los vecinos, casi dos semanas. En el albergue se acostumbró rápido a la rutina. Comía poco, no ladraba, y cada tarde se sentaba frente a la reja a mirar el camino. La cuidadora, Marina, decía que parecía estar esperando a alguien. Las familias que venían a adoptar pasaban de largo: querían cachorros, perros que saltaran, que movieran la cola. Viejo solo levantaba la mirada un segundo y volvía a fijarla en el camino. Pasaron los meses. Llegaron perros nuevos, otros encontraron hogar. Viejo seguía en su rincón, cada vez más flaco, cada vez más quieto. Una mañana de invierno, Marina lo encontró acostado junto a la reja, con el hocico apuntando hacia afuera, como siempre. No despertó. Tenía las patas estiradas hacia el camino, como si por fin se hubiera ido a buscar a quien tanto esperó. Marina lo enterró bajo el árbol del patio y le puso una placa pequeña: "Aquí descansa el que nunca dejó de esperar.
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